30
Aug
11

Crónica de un extraño suceso (II)

El problema comenzaba a salirse de control. No pude evitar sentir cierto grado de culpabilidad. La obsesión de que si hubiera recurrido al psiquiatra todo esto podría haberse arreglado me acongojo de tal manera que no podía mantenerme en pie. Gracias a mi indolencia Daniel se estaba matando de hambre en su cuarto. En medio de ese delirio me deje caer desmadejado cual muñeco de trapo en mi silla.

Un chispazo de cordura me sacó del trance. Aún estaba a tiempo para contener la catástrofe. Fui a la oficina de mi jefe para pedirle permiso de ausentarme. Intrigado me preguntó la razón. De nuevo la duda trabó mi lengua y tuve que recurrir a la historia del robo, ahora en su versión extendida con lo dicho por la madre de Daniel. Sin estar muy convencido me dejó irme bajo condición de reponer las horas perdidas durante el fin de semana. En cuanto terminó de hablar salí disparado del lugar.

Empleando maniobras dignas de un conductor de carreras logré llegar a casa de Daniel en menos de veinte minutos; su madre ya me esperaba en la entrada, hecha un mar de lágrimas. Ni siquiera nos saludamos. Rápidamente me condujo hasta la puerta de la habitación. Frente a ella se encontraba una charola con el desayuno del día. Pude ver que efectivamente Daniel no había probado bocado.

Intenté abrir la puerta pero tenía el seguro puesto. Toqué tres veces sin recibir respuesta. Espere un minuto y volví a tocar. Volví a ser ignorado.

-Daniel, ábreme. No puedes estar ahí adentro tanto tiempo sin comer.

No me contestó.

-Si no me abres voy a tirar la puerta. Tienes que salir. Necesitas ayuda.

El silencio se mantuvo.

Tomé un impulso y le di una patada a la puerta. Afortunadamente era bastante vieja por lo que cedió sin que me lastimara el pie. La puerta se me derrumbó hacia adentro; se liberó un hedor insoportable que saturó toda la casa. Pensé lo peor: Daniel había muerto desde hace días y su cuerpo ya se había descompuesto en su cuarto. La letal mezcla de angustia y la fetidez del ambiente me dejaron al borde del desmayo. Haciendo uso de la poca voluntad que me quedaba entré al cuarto, deseando que mis temores fueran infundados.

Encontré a Daniel indemne, tendido en aparente placidez sobre su cama. Parecía estar sumido en lo que parecía un sueño apacible. Casi doy un grito de alegría. Pero… si él estaba bien, ¿de dónde venía el hedor? Abrí el armario y encontré el origen: la bolsa de basura con los ruiseñores muertos; se encontraba semi-oculta entre un montón de ropa sucia y varios pares de tenis.

Entré en pánico. ¿Cómo iba a explicarle a la madre de Daniel que su hijo tenía un montón de pájaros muertos en su armario? Realmente no tenía obligación alguna de hacerlo, pero sentía cierto grado de responsabilidad hacía mi amigo y su situación. Después de todo, el incidente del que todo había derivado sucedió en mi casa. Además de que la estatuilla me había pertenecido. Visto desde ese ángulo, la culpa recaía en mí. Las desgracias que pueden terminarte ocurriendo cuando aceptas regalos de extraños.

Analizando el cuarto, me di cuenta de que una de sus ventanas daba a un estrecho pasillo que servía de conexión entre el patio y la cochera. Logré abrirla y saqué la macabra evidencia. Ya cuando me fuera de la recogería.

Con ese problema resuelto, llamé a la madre de Daniel; le pedí que llamara una ambulancia. La señora estaba tan preocupada que se limitó a cumplir con mi indicación sin preguntarme acerca del estado de su hijo.  Al cabo de unos veinte minutos dos paramédicos tocaron el timbre. En un suspiro los dejamos entrar y los llevamos a empellones hasta el cuarto que aun se encontraba impregnado por el hedor putrefacto de los cadáveres; extrañamente, ninguno de los presentes se le ocurrió preguntar de dónde venía. Me daba la impresión de que ninguno lo percibía. O tal vez creían que era la consecuencia natural de que una persona hubiera estado encerrada tres días en un espacio tan pequeño

A pesar del ruido, mi amigo continuaba sumido en la quietud de su sueño. Ni siquiera la rudimentaria revisión médica a la que fue sujeto fue capaz de sacarlo de su letargo. Después de verificar que sus signos vitales se encontraban estables, los paramédicos lo treparon a una camilla para llevarlo al hospital más cercano.  La madre de Daniel me pidió que la llevara en mi coche pero le sugerí que sería mejor que se fuera con él en la ambulancia. Argumenté que no sabíamos cuándo podría despertar y era preferible que ella estuviera a su lado por si lo hacía durante el trayecto. Ese pretexto barato me sirvió para librarme de ella y así poder ir por la mentada bolsa sin miedo a ser descubierto.

Al cabo de otros cinco minutos la casa se había quedado completamente vacía. No sé cuál fue el motivo que me impulso a ello, pero cuando me disponía a salir al pasillo pensé en que podría serme útil revisar el closet de nuevo. Olvidándome por un momento de la bolsa me dispuse a escarbar entre el montón de ropa sucia sin saber exactamente qué buscaba. Me quedé petrificado cuando al levantar una camiseta apareció la figurilla del mago; estaba completamente intacta. De nuevo sentí el peso de esa pétrea mirada.

(Continúa…)

15
Aug
11

crónica de un extraño suceso (I)


Para el verdadero Daniel    

Lo recuerdo como si fuera ayer. Todo comenzó una calurosa noche de viernes. Daniel y yo nos habíamos reunido para cenar y jugar videojuegos a falta de algo mejor que hacer. Fue mientras debatíamos acerca de la nueva película de Silent Hill cuando vimos a un ruiseñor aterrizar con gracia en el alfeizar de mi ventana. Su rojo plumaje brillaba gracias a la luz de la luna. Visto desde cierto ángulo parecía estar rodeando por un halo plateado. Era muy bello. Al verlo comenzamos a preguntarnos por qué aparecía un ave típicamente mañanera a tan altas horas de la noche. Barajeamos mil posibilidades sin encontrar una que nos resultara satisfactoria.

Decidí  abrir la ventana para dejarlo a entrar a la casa. Al correr el vidrio el ave se introdujo velozmente. Revoloteo juguetonamente por el techo de la habitación, mientras nosotros la observábamos con una mezcla de fascinación y sorpresa. Pasados unos minutos, el ruiseñor fue a posarse sobre una pequeña estatua dorada que hace unos días había colocado en una de mis repisas. La había recibido como regalo de un compañero de trabajo. Tenía la típica forma de un mago, túnica y sombrero puntiagudo incluidos.

Al colocarse junto a la estatuilla, el ave comenzó a cantar alegremente. Daniel y yo nos quedamos pasmados ante lo extraño del suceso. Nos acercamos a la repisa para contemplar mejor el espectáculo. Lo hicimos lenta y disimuladamente para no distraer al intérprete. Poco a poco el gorjeo subía en intensidad. Terminamos siendo testigos de un atronador concierto que poco a poco comenzaba a aturdirnos. Cuando el canto comenzaba a alcanzar un registro particularmente estridente fue interrumpido por un gruñido gutural que cimbro la habitación. Buscamos el origen, pero no había nadie más en el lugar a quien pudiéramos hacer responsable. Para cuando volvimos la vista a la repisa, el ruiseñor se encontraba muerto junto al mago en miniatura.

Empezamos a bromear acerca de que el mago había sido el causante de todo. Pero a medida que descartábamos las opciones más lógicas para explicar el origen del gruñido (realmente no teníamos alguna) empezamos a creer que efectivamente él era el culpable de asesinar al ruiseñor. Para evitarnos ahondar en un pensamiento tan absurdo, preferimos ignorar lo que sucedido y deshacernos del cadáver. Mientras me dirigía a tomarlo, una bandada de ruiseñores entró volando intempestivamente por la ventana. Sorprendidos, ambos nos tiramos al piso, cubriéndonos la cabeza con las manos en un intento por protegernos de lo que parecía un ataque inminente. Nos sentíamos participes de un suceso de índole sobrenatural, como eso que aparecen en los programas de televisión que transmiten por la madrugada. Pensé en arrastrarme fuera de la habitación para tratar de llamar desde mi celular a algún conocido para que nos ayudara. Pero, ¿a quién? Cualquiera que supiera de nuestra situación se burlaría de nosotros. Preferí arriesgarme a ser despedazado por las aves que quedar como un demente ante mis amigos.

La parvada volaba en círculos dentro de todo el cuarto, pillando incoherentemente. Nosotros continuábamos pecho a tierra, ahora cubriéndonos los oídos para mitigar el insoportable canto discordante.  Ver a dos adultos aterrados por una parvada de pájaros debió haber sido una imagen patética.

Cuando las aves comenzaban a aumentar la intensidad de sus gorjeos, el gruñido volvió a hacerse presente en la habitación. Instantáneamente los ruiseñores se desplomaron muertos. Nos incorporamos rodeados entre una multitud de cadáveres. Debía haber por lo menos cincuenta desperdigados en el piso de la habitación. Sentía como mi corazón latía descontroladamente, producto del macabro episodio en el que me había visto inmerso.  Miré a Daniel; estaba pálido por el susto.

Saltando entre los cadáveres nos acercamos hacia la hierática figurilla del mago. Al observarla con detenimiento comencé a creer que ésta me regresaba la mirada. Cuando esto sucedía, sentía como la sangre se me helaba por el susto, dejándome casi al borde del desmayo.

-¿Por qué haces esto?

Daniel me miró con una mezcla de reprobación y asombro. La pregunta se me había escapado sin pensarlo. Tal vez fue producto de una traición de mi inconsciente. O simplemente había decidido rendirme y aceptar la naturaleza sobrenatural de este asunto. Para fortuna de nuestra salud mental la estatua no respondió; hubiera sido una impresión demasiado fuerte.

En un nuevo intento por recobrar la cordura, salimos por una bolsa de basura para recoger a los pájaros desparramados. Consideramos que sería buena idea enterrarlos en mi patio. Mientras nos dábamos a la desagradable tarea de pepenadores, empecé a percibir una extraña sensación. Era como si la estatuilla me estuviera llamando. Sobreponiéndome al pánico me dirigí hacia la repisa. De nueva cuenta podía sentir su pétrea mirada conectándose con la mía. La curiosidad pudo más que el miedo. Extendí la mano y toqué al mago en su rostro. Un frío indescriptible se apoderó de mí. Lo último que escuché fue el mismo gruñido que había matado a los ruiseñores; luego todo se tornó negro.

No supe cuanto tiempo estuve desmayado. Cuando me levanté vi a la estatua hecha añicos en el piso. Daniel estaba parado impasible frente a la ventana. Le pregunté si él había destruido al mago. Me ignoró por completo. Repetí mi pregunta. Volvió a ignorarme. A pesar de tener los ojos abiertos, parecía estar sumido en un profundo trance. Estaba a punto de gritarle cuando se dio la media vuelta y se fue del lugar sin siquiera despedirse. Fue el corolario perfecto para lo que hasta entonces había sido la noche más extraña de mi vida.

¡Cómo desee que este extraño incidente hubiera terminado esa noche! Desgraciadamente, sus episodios más bizarros apenas estaban por suceder.

En las semanas siguientes visité a Daniel para que charláramos sobre lo sucedido. Quería estar seguro de que todo no había sido una simple alucinación. Pensaba en que incluso podríamos reírnos de lo sucedido después de que le encontráramos una explicación lógica. Extrañamente, cada vez que le mencionaba el tema se sumía en un profundo silencio del cual era imposible sacarlo. Al principio creí que era un mecanismo de defensa para intentar de olvidar el asunto, así que traté de dejarlo por la paz. Sin embargo, la duda me corroía. Cada vez que nos veíamos no podía evitar hablar del tema. Lo peor de todo es que jamás me contestaba. Con el devenir del tiempo su enigmático mutismo no hizo más que agravar mi obsesión. Por días nos enfrascamos en un círculo vicioso en el cual yo cuestionaba y él ignoraba. Estaba considerando seriamente la opción de rendirme cuando noté que su comportamiento estaba cambiando misteriosamente. Aquél mutismo que inicialmente se manifestaba de manera selectiva había pasado a ser un estado de ánimo constante. A tan solo tres semanas del extraño incidente, vi a mi amigo perderse en un mar de silencios cada vez más profundos.

En un intento por tratar de resolver la situación, decidí acudir a mi amigo Ricardo, quien por aquél entonces estaba por terminar una especialidad en psiquiatría. A pesar de que él no tenía idea de quién era Daniel, decidí protegerme de una posible burla y no le expuse el caso tal como había sucedido. Simplemente me limité a mencionarle que un amigo había sido víctima de un intento de asalto particularmente violento que le había provocado cierto desequilibrio emocional. Después de analizar brevemente el caso, Ricardo concluyó que se trataba de un caso típico de estrés post-traumático y por lo tanto el afectado necesitaría de tratamiento psicológico, así como de algún tipo de medicación. Terminó dándome los datos de un profesor suyo que, supuestamente, era experto en la materia. No quería llegar al extremo de recurrir a un profesional, pero si las cosas seguían en el mismo tenor no tendría otra opción. Con esto en mente anoté la dirección y el teléfono del doctor que Ricardo recomendaba.

Pasó una semana de esa reunión. En todo ese tiempo no había vuelto a ver a Daniel. Aproveché este lapso para valorar detenidamente la situación. Mi mente se debatía entre el miedo a la burla de los demás y la preocupación por la salud mental de mi amigo. Después de una noche en vela finalmente logré desterrar toda duda: decidí que hablaría con el profesor de Ricardo para plantearle el problema tal como había sucedido.

La mañana siguiente marqué al consultorio mientras trabajaba en la oficina. Contestó una mujer que se identificó como su secretaria. Con ese tono de voz melodioso y mecánico tan típico en aquellos que viven de tomar llamadas, me pidió algunos datos y terminó dándome una cita para mañana a mediodía. Pude haber conseguido una para hoy mismo de haber alegado que el caso era urgente, pero no quise levantar sospecha alguna. Además, un día más me sería muy útil para escoger detenidamente la manera en que plantearía la situación. En cuanto colgué el teléfono experimenté cierto grado de alivio. No sólo había dado el primer paso para ayudar a Daniel; también lo había hecho para ayudarme a mí mismo. Comencé a creer que hablar con alguien más me ayudaría a terminar por entender lo que había pasado. Incluso podría ser que el doctor ya conociera de casos similares. Con ese razonamiento en mente pasé el resto del día en tranquilidad. Aquella noche por fin pude conciliar el sueño, totalmente libre de angustia.

Esa noche de sueño profundo renovó mi ánimo. Con la mente libre de ruiseñores y magos me fui a trabajar. Todo marchaba en plena calma hasta que a media llamada recibí en mi cubículo una llamada. Era la madre de Daniel. En cuanto reconocí su voz por el teléfono me preocupé. A pesar de que su hijo y yo lleváramos más de una década de amistad, mi relación con ella no era para nada cercana. Incluso me atrevería a decir que desde la primera vez que nos presentaron (hace diez años aproximadamente) habíamos hablado tres o cuatro veces a lo mucho. Por lo tanto, si la señora se había tomado la libertad de márcame al trabajo (no tenía idea de cómo había conseguido mi número) probablemente era porque algo grave había sucedidol. Las preocupaciones de las que había sido presa las últimas semanas regresaron en cuanto escuché el tono de angustia impregnando su voz. Atropelladamente me dijo que Daniel se encontraba muy mal. Llevaba dos días encerrado en su cuarto sin probar comida ni bebida. Tampoco dejaba que alguien entrara a verlo. Traté de tranquilizarla pero me fue imposible; yo estaba más conmocionado que ella. Pude escuchar como su voz se quebraba en un llanto contenido.  Entre sollozos me suplicó que fuera lo más pronto posible a su casa para tratar de sacarlo de su encierro. Sin pensarlo le dije que iría para allá y colgué.

(Continúa la próxima semana)

13
May
11

La resonancia del adiós: Recordando a The Angelic Process

Desde el punto más recóndito del universo comienza a interpretarse la melodía que anuncia su fin inexorable.

El cosmos entero se ve inmerso en un tímido canto entonado en Do menor. Va acompañado de tambores tribales que marcan un ritmo sostenido, así como del susurro uniforme tan distintivo de la estática.

Como guiadas por la mano del creador, las galaxias comienzan a erosionarse, formando un monolítico torbellino de entropía: será el punto de referencia a donde todo acudirá  para consumirse. En el vértice de este caos comienza a gestarse un cuerpo poseedor de un brillo nunca antes visto; parecería estarse formando exclusivamente de aquellas estrellas que desean liberar toda su luz antes de extinguirse. Es su último adiós que busca resonar en el infinito antes de perderse en el olvido.

El vórtice comienza a rodearse de un cúmulo de gas; su tamaño es el de millones de supernovas. Ahora el universo está comprimido en una nebulosa cuyo resplandor sería capaz de alumbrar por milenios a dimensiones enteras, si no es que también ya han sucumbido dentro de este apocalipsis.

Este breve intento de relato representa a grandes rasgos el escenario que aparece en mi mente cada vez que escuchó The Angelic Process. Creo que todo aquel que ha escuchado con atención su música podrá coincidir con mi sentir.

Conformado por K.Angylus y MDragynfly, el dúo supuestamente tomó forma en 1999. Sin embargo, su primer álbum aparecería por primera vez hasta el 2006. Gracias a la ayuda del internet, la banda ganó rápidamente una sólida base de fans. Al cabo de un año terminarían lanzado lo que sería la totalidad de su discografía: cuatro discos y un EP, todos vehementemente elogiados por los aficionados del género Drone. Desgraciadamente, esta producción tan prolífica se vería coartada por una inesperada enfermedad que dejaría imposibilitado de por vida a Angylus para tocar la guitarra. Esto representaba el fin del proyecto. Su desaparición fue anunciada a través de un escueto mensaje publicado en su cuenta de myspace a finales del 2007.

Después de un año sin saberse algo acerca de las actividades de sus integrantes, los fans se verían sorprendidos por un nuevo mensaje -ahora publicado por Dragynfly- en el cual daba a conocer que K. había fallecido hace unos días. Hasta el día de hoy las causas de su muerte siguen sin ser conocidas.

La música de The Angelic Process es tan interesante como la historia de su grupo. A pesar de que sus composiciones se estructuran en torno a elementos típicos dentro del género -la distorsión excesiva de sus guitarras para replicar el famoso efecto Wall of Sound y una producción sumamente comprimida-, la banda fue capaz de innovar esa fórmula que muchos de sus predecesores habían popularizado hace varios años,  misma que comenzaba a desgastarse producto un abuso indiscriminado.

Casi por regla general, la primera obra de un artista -escritor, pintor, músico o cualquier otro ejemplo que se nos venga a la mente- no es más que un tímido experimento en donde por primera vez se atreve a jugar con ideas neonatas que habrán plagar, en mayor o menor medida, sus futuros trabajos.  Fue necesario  que Proust escribiera Los placeres y los días así como el inacabado Jean Santeuil para que a la larga pudiera concebir En busca del tiempo perdido. Antes de crear el cubismo, Picasso tuvo que pasar por un periodo de descubrimiento y maduración en sus etapas azul y rosa. Ejemplos como estos existen en extrema abundancia. Es por ello que no debe resulta sorprendente que el primer trabajo de The Angelic Process –bautizado como Sigh- muestre algunos titubeos tan característicos de aquél artista que tiene sus primeros coqueteos aquellos elementos que posteriormente habrán conformar los cimientos de su obra. La brevedad del disco, así como una notable influencia de Earth (el grupo equiparable a Black Sabbath dentro del Drone), nos dejan en claro lo anterior. La monotonía de los acordes, así como la falta de creatividad para jugar con ellos, hacen que las composiciones se sientan truncas, casi forzadas. A pesar de ello, al compararlo retroactivamente con los álbumes que le sucedieron, es evidente que las bases del sonido que encumbraría al grupo ya estaban presentes.  Esa distorsión característica de la banda -misma que podría ser comparada con el suave rumor típico de la caída del agua en cascada- así como la compresión casi absurda empleada al momento de mezclar los temas, comenzaban a asomarse discretamente, indicando con sutileza la dirección que la banda habría de tomar en el futuro.

Tomando en cuenta lo anterior, resulta sorprendente que el disco lanzado tan solo un mes después -titulado Coma Waering- mostrara signos de madurez dignos del músico más experimentado. Esto representa un fuerte indicio para creer que gran parte de la discografía de la banda fue siendo elaborada periódicamente desde el año de su supuesta formación hasta en el que se publico su primer disco y no de un tirón como indica las fechas de sus lanzamientos; incluso podría llegarse a pensar que entre la composició Sigh y la de su sucesor medió un periodo de tiempo considerable. Finalmente todo esto no es más que una simple conjetura personal; pero al tratar de analizar una banda con una historia tan difusa como lo es The Angelic Process resulta casi inevitable caer en especulaciones.

Es en Coma Waering donde el genio del dúo comienza a aflorar en plenitud. Desde los primeros acordes de My Blood Still Whispers resulta evidente que la banda ha encontrado un estilo propio. Superponiendo distintas capas de distorsión logran construir un muro de estática tan profundo como complejo, generando una sensación de majestuosidad y arrobamiento inusitado. El sonido que antes se asemejaba al suave rumor de una cascada ha pasado a convertirse en una tormenta irrefrenable.  En el fondo de este marasmo se encuentra la tenue e ininteligible voz de Angylus: el vértice oculto a partir del cual todo surge y se ordena; es el canto misterioso que provoca el desastre relatado al inicio de este escrito. Si tuviera que elegir alguna canción como la más sobresaliente, sin duda la ganadora sería aquella que comparte nombre con el disco. A través de sus más de nueve minutos el escucha se sumerge en un viaje etéreo que lo abstrae totalmente de su realidad. Dicha canción es, a mi juicio, la composición más lograda de toda la discografía de la banda.

Continuando con su producción vertiginosa, el grupo lanza …And Your Blood Is Full of Honey  a tan solo dos meses después de la aparición de Coma Waering. En la nueva producción se pueden percibir los elementos anteriormente empleados por el grupo. Desafortunadamente en esta ocasión no son ejecutados con la claridad de antaño. Lo anterior no resulta un impedimento para encontrarnos con canciones que terminarían convirtiéndose en clásicos del género. Tal es el caso de la siniestra Welcome to Oblivion y The Ruined Life of Someone Better en su versión extendida.

Tres meses después aparecería el tercer álbum del conjunto,  llevando el título de We All Die Laughing. A pesar de reciclar una de las canciones contenidas en el disco anterior y ser de una duración más breve, su calidad no desmerece en lo absoluto a lo realizado por la banda anteriormente. Entre sus cortes más sobresalientes encontramos la canción de la que se desprende el nombre de la producción, así como How To Build a Time Machine. El nuevo disco se desmarca de sus predecesores al disminuir las pausas prolongadas durante las canciones -mismas que en ocasiones llegaban a percibirse como un auténtico interludio entre dos temas diferentes- en aras de obtener mayor cohesión en la composición. El experimento funcionó con excelentes resultados. La fórmula que había causado asombro en Coma Waering ahora sonaba con mayor potencia que nunca. Este cambio sería un paso fundamental para que a la larga Angylus fuera capaz de fraguar la que sería su obra maestra.

Pasarían seis meses sin que apareciera material nuevo de la banda; algo completamente inusual en ellos. Sin embargo, la espera sería notoriamente recompensada. Coincidiendo con el primer aniversario del lanzamiento de su disco debut, la banda presenta lo que sería su obra cumbre: Weighing Souls With Sand. Conformado por tres de los temas más notables pertenecientes a sus discos anteriores (How To Build a Time Machine, The Resonance of Goodbye y We All Die Laughing) así como siete completamente nuevos, la banda logró explotar al máximo el minimalismo que los había caracterizado para ensamblar una producción más vasta y rica que la suma de todos sus trabajos anteriores. El encontrarnos con una pieza de acordes tan luminosos como Million Year Summer deja patente la evolución estilística que se había venido gestando en su estilo desde la aparición de Sigh. Lo único que podría criticársele a Weighing… es el hecho de que ninguna de sus composiciones son capaces de superar en lo individual la perfección de Coma Waering. De todas maneras, el disco es, por amplio margen, el más redondo y logrado de la banda.

Resulta sumamente trágico que Angylus se haya visto forzado a terminar The Angelic Process justamente en el momento en que alcanzaba su mayor nivel creativo. Accidentalmente, su misteriosa muerte representaría el tiro de gracia de uno de los proyectos más innovadores que la escena subterránea ha tenido el placer de conocer en los últimos años.

A pesar de su desaparición, los debates alrededor del estilo y género de la banda continúan vigentes en los foros especializados. Hasta la fecha muchos aficionados al grupo no han logrado determinar si el grupo cuenta con los elementos necesarios para calificar como una banda de Metal. Soy de los que se oponen a colocarles semejante etiqueta. También creo que dicha discusión es irrelevante. Con independencia de su clasificación debemos ser capacesde apreciar el trabajo que Angylus dejó a manera de legado:  música capaz de activar las regiones más profundas de nuestro subconsciente para transportarnos a escenarios que normalmente nos serían inaccesibles.

(12 de mayo de 2011)

02
May
11

ojos de jade

Te conocí cuando ambos teníamos diecisiete años. Recuerdo como si fuera ayer tu llegada al salón de clases. Vestías el uniforme de la preparatoria; traías suelto tu cabello rojizo. Entraste con paso resuelto, te paraste frente a todos y escribiste tu nombre con letra cursiva en el pizarrón. Fue en ese preciso momento cuando me di cuenta de que estaba enamorado de ti.

Por desgracia, mi tímida personalidad me impedía siquiera imaginar en buscarte. Es por eso que desde ese día me dediqué a observarte secretamente; con un poco de suerte tal vez  te percatarías de mi existencia. Todas las mañanas te veía recorrer, siempre acompañada, tu camino hacia la escuela. Te observaba a distancia durante los descansos en los  que te dedicabas a jugar voleibol con tus amigas, así como durante el lento transcurrir de tus tediosas clases. Mientras lo hacía, fantaseaba con múltiples escenarios en los cuales yo te conocía y lograba hacer que te enamoraras de mí.

Me imaginaba llegando a tu salón de clases, sentándome distraídamente a tu lado.  Casualmente hacia algún comentario que sonara inteligente, pero a la vez divertido, con el que lograba captar de tu atención.  Al salir de clases me acercaba y entablábamos una breve plática trivial en la cual establecíamos un vínculo de amistad. Esto resultaba en una relación típica de amigos, pero que inevitablemente terminaba en un amorío entre ambos. Otras veces nos visualizaba en escenarios tan inverosímiles como que yo te salvaba de ser atropellada al cruzar la calle o te rescataba de unos asaltantes que pretendían propasarse contigo. Y es que entre más te observaba, más deseaba poder estar a tu lado para ser esa persona especial en tu vida.

Con el paso del tiempo, empecé a notar ciertas un dejo de tristeza en tu rostro. Y es que a pesar de que te mostrabas muy alegre y segura frente a los demás, se podía percibir que arrastrabas una preocupación que te incomodaba constantemente. Poco después conocí la naturaleza de tu pesar al oír de boca de uno de tus compañeros una de las supuestas historias de tu vida. Según lo que escuché, naciste huérfana de padre y al poco tiempo tu madre falleció bajo circunstancias muy extrañas; algunos decían que súbitamente quedo loca y posteriormente se suicidó. Hasta la fecha yo me niego a creer semejante versión. Sin embargo al verte siempre tan melancólica me sentí conmovido por la dudosa historia. Por ello, me prometí ser para ti aquella persona que alivianaría el dolor que la soledad te causaba.

Recuerdo que yo no era el único que estaba enamorado de ti. Por esa época varios de mis amigos se encontraban en la misma situación. Me moría de rabia cada vez que hablaban del tiempo que habían pasado observándote y cómo fantaseaban con hacerse de tu amor. El saberlo me provocaba unos celos incontrolables, aunque sabía en mi fuero interno que nada entre ellos y tú ocurriría; ésto lograba tranquilizarme.

No sé si fue el aceptar que realmente era imposible que sucediera algo entre nosotros o el simple aburrimiento, pero al cabo de un tiempo dejé de observarte y continué con mi vida, olvidándote como el niño que se aburré de un juguete y lo arrumba en el fondo de su cómoda. A partir de ahí muchas mujeres entraron en mi vida, pero ninguna logró hacerme sentir como tú. No importaba que sucediera entre ellas y yo, al final siempre encontraba algo que las volvía aburridas ante mis ojos y decidía romper con ellas. Por fin, después de terminar con mi enésima relación insatisfactoria te recordé. Lentamente fueron reapareciendo en mi mente tu  cabello rojizo, tu bello rostro y aquellos trazos de artista que daban forma a tu perfecta silueta. Pero lo que más me atraía era la claridad de tus ojos verdes. El imaginarlos de nuevo fue suficiente para que mi antiguo amor despertara de su prolongado letargo,  intensificándose hasta el nivel más insospechado.

Fue así como decidí ir a buscarte para observarte de nuevo. Tal vez esta vez podría armarme de valor y dirigirte la palabra. Cuando te encontré, sentí un poco de decepción al ver que el tiempo no había sido clemente contigo. Tus formas y rasgos que anteriormente me parecían tan perfectos y brillantes ahora me parecían toscos y deslucidos. Estando a punto de dar media vuelta para irme alcance a observar tus ojos. Se habían mantenido tan brillantes y cautivadores como antaño. Inevitablemente fui víctima de su hechizo. Me hicieron entender que mis sentimientos por ti me acompañarían hasta el final de mis días.

Para mi desgracia, la belleza de tus ojos de jade termino por intimidarme. Esto me llevó a abandonar todo intento de dirigirte la palabra. Mi única opción para mitigar mi soledad era seguirte observando a lo lejos, en silencio. A pesar de que seguía experimentando el mismo gusto de antaño, la ilusión adolescente de que te enamoraras de se fue perdiendo. Sin embargo no podía evitar mantener cerca de ti. Mientras lo hacía, añoraba los días de mi pubertad, cuando creía que realmente era posible que te fijaras en mí.

Finalmente decidí comentarle mi situación a un amigo, quien en otro tiempo también estuvo enamorado de ti; no hizo más que reírse. Me dijo que esas cosas eran de niños y que me dejara de tonterías. Los amores platónicos son para los estudiantes de secundaria; solamente caen en ellos los tontos que se niegan a crecer y vivir en la realidad.

–Además, resulta por demás obvio que la relación entre ustedes no se puede dar de ninguna manera. Esto no es más que una burda idealización del amor; el deseo de obtener algo que en sí mismo es inalcanzable, proyectándolo en un mero capricho.

Le contesté que tal vez tú podrías estar fuera de mi alcance, pero no por ello el sentimiento era menos verdadero. Aún cuando las personas son reales, hay ocasiones que nos enamoramos de alguien imposible debido a que nos hemos creado una falsa idea de quienes son. Esto no significa que el amor derivado de la idealización sea menos verdadero o auténtico. Ante esta respuesta mi amigo quedó sumamente contrariado y decidió irse.

Después de la discusión regresé a mi casa y coloqué en mi computadora el disco láser donde guardo todos los videos que cuentan tu historia. A pesar del polvo y los rayones todavía funcionaba. Repetí una y otra vez la escena en que entras al salón de clases y te presentas ante todos  mostrando una sonrisa afable y cálida. Por enésima vez recreé en mi mente aquella escena con la que tantas veces había soñado en mi adolescencia: yo te tomaba del talle y te besaba mientras los últimos rayos del crepúsculo se escurrían entre los visillos de la ventana hacia el salón, en una tarde de otoño. Entre más pensaba en ello, más sentía que estaba ahí; como si de tanto soñarlo fuera a materializarse. Entendí que ese beso ficticio era mucho más verdadero e intenso que todos los que había compartido con mis antiguas mujeres. Porque las personas no tienen que ser reales para que los sentimientos sean verdaderos. Porque no necesitas existir para que te ame.

Ahora pasa la escena de tu trayecto hacia la escuela. Me pongo a observarla con una mezcla de emoción y nostalgia. Mientras tanto, hago un recuento de cuánto tiempo había pasado desde que te conocí. Había transcurrido una década desde la primera vez que te vi entrar al salón. Diez años en los que tú no habías crecido. Diez años en los que yo no había querido hacerlo.

(27 de Diciembre del 2009)

03
Apr
11

Escrito en las estrellas

Era cerca de medianoche. Transitaba solo por una  calle oscura del centro de la ciudad. Las luces mercuriales de los arbotantes alumbraban tenuemente mi camino y sólo me acompañaba el eco de mis pasos. Al cabo de un rato de caminar sin dirección ni propósito, observé en una esquina iluminada lo que parecía un bar  de mala muerte. No sé si por el hastío que me provocaba la oscuridad callejera o por simple curiosidad,  pero acabé por entrar buscando algo que animara la que hasta ese momento era  una noche para olvidar.

Abrí la puerta semi-derruida y entré con recelo; de inmediato la atmósfera me resultó decepcionante: era un local pobremente iluminado;  luces mortecinas de neón revelaban unas cuantas sillas y mesas herrumbrosas. Las paredes completamente desnudas,  con la pintura descascarada. Al fondo la barra, donde un sujeto con  rostro macilento bebía con parsimonia una cerveza ante la mirada desatenta del rollizo cantinero. Un lugar tan desabrido me desanimó. Muchas veces había escuchado de boca de mis amigos incontables anécdotas de lugares como éste  donde abundaban las prostitutas, grupos de gente ebria cantando a todo pulmón y peleas que terminaban con botellas rotas y sangre a borbotones. No sé si mis camaradas me mintieron o si sólo exageraron sus historias, pero este bar no tenía nada de lo que me habían contado. Superando el desencanto inicial me acerqué con desgano a la barra; me senté junto al vagabundo y ordené una cerveza. Bebí en silencio durante un rato hasta que decidí dirigirle la palabra al tipo que estaba a mi lado. Tal vez él tendría algo interesante que contarme. Al principio el hombre se mostró reacio a entablar una conversación, pero con el transcurrir de los tragos su lengua se fue aflojando y después de la quinta ronda de cervezas, patrocinada por mi bolsillo, decidió narrarme la historia de su vida.

Según su relato él fue en algún tiempo una persona como cualquier otra. Tenía un trabajo de oficina con un sueldo respetable, una casa en una zona acomodada al  norte de la ciudad, una esposa abnegada al servicio del hogar y dos niños cariñosos. Su existencia transcurría sin sobresaltos: por  la mañana se levantaba, se despedía de sus hijos, iba a trabajar sus ocho horas, regresaba por la noche a estar con su familia y finalmente se dormía para comenzar un nuevo día. El creía haber encontrado la felicidad y se regodeaba en ello. Abruptamente, su vida empezó a parecerle vana y la rutina comenzó a sofocarlo, hasta que finalmente se vio sobrepasado por la desesperación y abandonó todo lo que tenía. A partir de entonces empezó a deambular por las calles sin rumbo fijo, tratando de encontrar algo que le diera significado a su existencia.

Su peregrinar lo llevó a diversos lugares de los que yo nunca había escuchado. Me habló de una ciudad habitada por espíritus que salían en los albores del crepúsculo; bailaban y gritaban a la luz de la luna  para desvanecerse al amanecer. También me habló de una península donde los adolescentes viajan al fondo del mar en submarinos; es un viaje iniciático que les permite encontrarse a ellos mismos y convertirse en hombres. Todo esto me pareció harto fantasioso y empecé a tomar sus palabras como  simples charlatanerías de un mendigo que buscaba divertirse a costa de un extraño. Pero decidí dejar que prosiguiera y  terminara su historia para tener una anécdota divertida que contar a mis amigos; continuó contándome acerca de una raza que habitaba en el sur, donde la gente descubría lo que le deparaba el destino leyendo los movimientos de las estrellas en el firmamento nocturno. Cuando no pude contenerme- a fin de cuentas mis sentidos se hallaban embotados por el  alcohol-  comencé a reír.  Le dije que su broma me parecía muy graciosa pero no podía esperar que creyera semejante sarta de locuras.  Detuve mi risa al ver sus  ojos encendidos por la rabia; su  mirada que me dejó petrificado. En esos ojos  incandescentes  pude observar los espectros que me había descrito, el muelle de donde partían los submarinos y aquella tribu que observaba inquisitiva el cielo estrellado. Me caí estrepitosamente de mi silla y al incorporarme traté de volver a mirarlo, pero al escrutar su rostro me di cuenta de que tenía facciones afines a las mías; con estupor descubrí que debajo de su larga y sucia barba y  de su bigote poblado, había un rostro idéntico al mío. Me puse de pie y voltee hacia la barra buscando al cantinero con desesperación, pero solamente encontré  mi reflejo y el del vagabundo en el espejo. Vi cómo me sonreía socarronamente, mostrándome su boca desdentada. Salí a trompicones del lugar tratando de alejarme, pero la imagen de su rostro y el recuerdo de lo que observé en su mirada, se me había grabado indeleblemente. Caminé entre las calles cada vez más sombrías tratando de encontrar el camino que me llevara una avenida para poder tomar un taxi e irme a casa. Pero a cada paso me sentía más perdido en un intrincado laberinto de caminos que me hacían sentir que caminaba en círculos.

Vencido por la desesperación y el cansancio regresé al bar. Solamente estaba el cantinero, así  que decidí sentarme a beber para tratar de despejarme y encontrar una explicación. Mientras tomaba mi cerveza las imágenes regresaban a mi mente, cada vez con más fuerza. Era como si el alcohol me trajera  recuerdos de una vida pasada. Al dar el último trago levanté la mirada hacia el espejo: el vagabundo me observaba impasiblemente. Todo tuvo sentido. Me di cuenta de lo banal que había sido mi vida y por qué había abandonado a mi familia. Recordé cuánto odiaba mi monótono trabajo y mis insípidas amistades. Comprendí que la vida es un viaje perenne en donde aquello que buscamos es inalcanzable. Decidí reemprender mi travesía y salí a la calle. Ya amanecía. El sol rompía por las montañas del poniente iluminando con sus rayos desvaídos las calles circundantes. Azorado contemplé el fulgurante firmamento que le daba la bienvenida a un nuevo día y a mi nueva vida. Comencé a andar por la banqueta, sintiendo el frescor matinal, mirando resuelto hacia la bóveda celeste. Tuve que andar y desandar por las calles del tiempo y el espacio, adentrarme en mundos etéreos, para terminar en un bar cualquiera y darme cuenta de lo obvio: que mi destino  siempre estuvo escrito en las estrellas.

(2 de noviembre 2009)

25
Mar
11

Deambulando

Es deambulando por las atestadas calles del centro de la ciudad, cuando verdaderamente percibes tu soledad.  Te abres paso  entre la multitud;  miras de soslayo rostros sombríos; chocas involuntariamente contra bultos humanos y concluyes que mientras las almas no se conecten no importa la cercanía de los cuerpos. Para ti el contacto físico es una excusa  para olvidar las verdaderas necesidades del espíritu.

            Continúas andando por las calles repletas tratando de hallar algún rostro amigo, pero sólo encuentras miradas evasivas.  Te resulta paradójico y hasta  irónico, que la soledad reine con tal autoridad en un lugar tan concurrido como ése… Por un momento imaginas que si gritaras con todas tus fuerzas alguien podría escucharte, pero sabes en tu fuero interno que hace mucho tus gritos se disipan en la noche de un silencio  insondable sin encontrar eco. Ansías ver una cara amiga, alguien que te brinde consuelo en estas horas de angustia, pero mientras más escrutas a  la multitud, menos encuentras un rostro dulce que te conforte. Entonces piensas que los hombres somos tan ciegos a nuestras propias necesidades, que nos abstraemos del mundo imposibilitándonos  un contacto verdadero con los otros.  Y así nuestra alma vive la paradoja de saberse frágil, pues desea afectos que ella misma se niega. Una gruesa lágrima resbala por tu cara;  la ves caer, sorda,  en el pavimento;  así como ésta se pierde en el vasto  suelo de la plaza, tú  desapareces  entre la multitud circundante.

            Súbitamente, por obra del destino o del azar, observas a lo lejos unos ojos vivos que entrelazan su mirada con la tuya. Te atraen como la luz a una polilla e intentas acercarte más. Te  atrapa su calidez;  te abres paso con vehemencia entre los demás, pero a medida que te acercas, la masa humana se vuelve más densa, complicándote el avance. Toda tu vida has esperado este momento. Has andado por tantas y tantas calles sin encontrar una mirada amiga… Ahora la tienes frente a ti y no dejarás pasar la oportunidad. Empiezas a repasar mentalmente la forma de actuar que tenías practicada por si se suscitara la ocasión. Piensas  que al llegar a él lo abrazarás; será un abrazo lleno de nostalgia  y luego le dirás algo así como “Te extrañé, hermano” o “Al fin te encuentro”. Ya estás cerca; puedes ver con claridad ese par de ojos melancólicos, también ansiosos, sobre aquella banqueta. Finalmente logras despegarte de la multitud que te aprisiona. Corres hacia esa mirada brillante y sientes que tu alma vibra.  ¡Por fin la espera ha terminado! Al alcanzar la acera reconoces la sensación de un cristal que acaba de ser estrellado con una piedra. Miras a tu alrededor;  estás completamente solo; únicamente te acompaña  el murmullo lejano de la multitud; ves tus ojos anegados de lágrimas, reflejados en un aparador; aquél a quien buscabas, eras simplemente tú.

(20 de Septiembre de 2009)




Javier Ka

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